Nadie te advierte lo que ocurre después de un entierro.
Cuando los presentes se retiran, las flores comienzan a
marchitarse y el silencio se instala como huésped permanente.
Nadie te prepara para volver al hogar, abrir la puerta y no
oír esa voz, no sentir ese perfume, no hallar ese abrazo que solía esperarte.
Nadie enseña cómo se transita la rutina sin esa compañía.
Cómo uno la rastrea en los detalles: una taza sin lavar, una
silla sin ocupar.
Cómo duele mirar su lugar en la mesa y continuar sirviendo, como si en cualquier momento fuera a llegar.
Queda una ausencia que no se nota, pero se carga.
Un eco profundo de un amor que ya no se entrega, pero que
tampoco se va… sigue ahí, intacto, esperando lo imposible.
cuando el llanto se vuelve sincero.
Cuando uno aprende a convivir con la ausencia,
a besar retratos,
a hablarle al cielo como si hubiera alguien escuchando.
Porque el entierro termina…
pero el luto, el verdadero luto,
es apenas el comienzo
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